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lunes, 24 de septiembre de 2012

La historia de una madre que nadie quisiera tener



Cuando recordamos nuestras madres lo hacemos con amor, el cariño que nos dan y sus atenciones, los recuerdos gratos y todo lo que sucede desde nuestra niñez, pero algunas personas no nacen con la misma suerte, la siguiente historia es impactante, espero les guste.

El primer asesinato de Theresa Jimmie Francine Cross (más conocida por su último nombre de casada como Theresa Knorr) fue realizado cuando contaba con dieciocho años de edad: descargó un rifle contra su esposo, Clifford Clyde Sanders, quien estaba por abandonarla. Fue absuelta de los cargos al alegar defensa propia. A la muerte de su primer marido tenía un hijo, Howard, y estaba embarazada de un segundo varón, William. Posteriormente se casaría dos veces más y de ambos matrimonios nacerían Susan, Sheila, Robert y Theresa, conocida como Terry, la menor de la familia Knorr. Theresa era madre soltera de seis hijos, viuda una vez y divorciada dos veces. Abusaba del alcohol y solía pasar el tiempo descargando su coraje y frustración con sus hijos. A medida que aumentaba el consumo de alcohol aumentaban las brutalidades en la familia.

Theresa Knorr

Entre las torturas que incluía Theresa estaba la de castigar a los niños sentándolos en el piso de la cocina sin moverse, si acaso movían siquiera los ojos eran disciplinados con golpes y bofetadas. Las palizas eran constantes, los encierros y el lanzarles cuchillos de cocina formaba parte de las actividades de Theresa. Un día su furia la llevó a levantar a su hija Terry de un brazo y ponerle una pistola calibre .22 en la cabeza a manera de amenaza. Terry sufrió de constantes pesadillas por largo tiempo.

Howard Knorr


Theresa comenzó a engordar desmedidamente a causa de su estilo de vida y culpó de esto a Susan, argumentando, que ésta estaba poseída por el Diablo y le lanzaba hechizos para hacerla engordar. Como castigo, Theresa cocinaba grandes ollas de pasta con queso y obligaba a su hija a comer excesivamente para que engordara como ella. El ritual consistía en sentarla en el piso de la cocina, poner la olla ardiente sobre las piernas desnudas de Susan para quemarla y supervisar que terminara con la olla entera. Un día, Susan escapó de casa y denunció a su madre ante la policía local, denunciando todo lo que su madre les hacía a ella y a sus hermanos, pero Theresa alegó que eran mentiras, que su hija tenía problemas mentales y necesitaba de ayuda psiquiátrica.



Las autoridades le creyeron y devolvieron a Susan al poder materno. El primer castigo que recibió Susan por su fallido intento de escape fue una paliza propinada por su madre y hermanos. Theresa compró unos guantes de cuero y obligó a sus hermanos a golpearla en el estómago mientras se pasaban los guantes uno por uno. Si no golpeaban lo suficientemente fuerte a su hermana, tenían que hacerlo una vez más. Ella, por supuesto, también tomó parte en la golpiza. Un tumor ovárico y múltiples hemorragias internas (descubiertas postmortem) aparecieron en el cuerpo de Susan como consecuencia de la golpiza.

Susan Knorr a los quince años


La segunda etapa del castigo consistió en el confinamiento. Susan permaneció esposada a su cama, privada de la libertad, mientras sus hermanos eran obligados a guardar vigilancia frente a su puerta por turnos, encargados de alimentarla dos veces al día. Con el tiempo la voluntad de Susan fue quebrantada hasta que su madre, convencida de que no volvería a escapar, la liberó del encierro. La escuela había quedado prohibida. Theresa seguía convencida de que Susan le estaba lanzando hechizos demoniacos para hacerla ganar peso; estalló en un ataque de ira y ante la negación de Susan tomó su pistola, apuntó cuidadosamente y le disparó en el pecho. Theresa no quería a la policía entrometida en el asunto, así que ordenó a sus hijos que tomaran el cuerpo de su hermana y lo metieran en una bañera. Allí limpió la herida y la curó con vendas y gasas. Las hermanas de Susan se turnaban para bañarla y alimentarla hasta que se recupero y volvió a la vida normal, pero la bala no atravesó el cuerpo de Susan, sino que quedó alojada en su espalda.

William Knorr


En una ocasión después del balazo, Susan y Theresa entablaron una acalorada discusión y esta última apuñaló a su hija en la espalda con unas tijeras. Las heridas no eran mortales, pero no dejaban de ser graves. Cansada de los abusos, pidió permiso para mudarse de casa y sorprendentemente su madre estuvo de acuerdo; pero antes, la bala que había quedado alojada en su espalda debía ser removida. Susan, movida por la ilusión de abandonar esa casa del horror, accedió. Días después la operación fue realizada. Theresa drogó a su hija con pastillas y alcohol, lo que mantuvo a Susan inconsciente por largo tiempo. Obligó a sus hijos varones a ayudarla en la cirugía. Con un cuchillo de cocina hizo que Robert, su hijo de quince años, cortara la espalda de su hermana y extrajera la bala. Theresa gritaba órdenes por doquier mientras él practicaba la incisión. Después de cortar varias capas de piel y tejido muscular, Robert usó sus dedos para buscar dentro y alrededor de la herida hasta localizar la bala y extraerla.

Susan poco antes del desenlace


Al día siguiente, Susan despertó en medio de un dolor indescriptible. Theresa le dio antibióticos e ibuprofeno, pero nada resultaba. Después de algunos días se le tornaron los ojos amarillos y no era capaz de controlar sus intestinos. El 16 de julio de 1984, Theresa acalló los gritos de dolor de Susan pegándole cinta adhesiva en la boca y atándola de manos y pies.

Juntó todas sus pertenencias en bolsas de basura y pidió a William y Robert que pusieran a Susan en el auto. Manejaron hasta llegar cerca de un puente. En ese punto pidió a sus hijos que sacaran a Susan del auto y la pusieran en el suelo. Susan seguía quejándose y mirando con horror a su familia. Theresa tomó entonces un bidón lleno de gasolina y roció el líquido sobre todas las cosas de Susan. Luego bañó a su hija con el carburante. Mientras Susan se debatía, presa del pánico, Theresa encendió un cerillo y se lo arrojó. Susan se quemó viva, ante la mirada impasible de su madre y sus hermanos. Luego todos subieron al coche sin decir palabra y sin mirar atrás; Theresa manejó de 
regreso a casa.



Pero aún quedaba otra hija, Sheila. Theresa, buscando un ingreso mayor al de su pensión, obligó a Sheila a prostituirse. Ella discrepó totalmente con la decisión de su madre, pero no se atrevió a desobedecer; sabía el destino de su hermana Susan y no quería terminar igual. Trabajando como prostituta comenzó a llevar cientos de dólares a casa, por lo que Theresa casi estaba orgullosa de ella. Sheila podía ir y venir y hacer lo que quisiera; irónicamente, trabajar como prostituta le había concedido su ansiada libertad.

Sheila Knorr


Pero en la familia Knorr no existían los finales felices. Theresa sospechaba que Sheila estaba embarazada y la acusó de tener una enfermedad venérea. Primero la golpeo hasta conseguir dejarla cubierta de moretones y después la encerró en un pequeño armario junto al baño. Debido a la localización y dimensiones, era increíblemente caluroso. Theresa advirtió a sus otros hijos que esa puerta debía permanecer cerrada en todo momento y tenían prohibido llevarle comida o agua. Theresa quería que confesara y eventualmente Sheila lo hizo, pero Theresa la acusó de mentir y el confinamiento siguió su curso.



Tras varios días de encarcelamiento se oyó un fuerte ruido dentro del closet: fue el último sonido que escucharían allí dentro. Tres días después abrieron el closet para descubrir el cuerpo en descomposición de Sheila, quien tras desesperados intentos de escapar había muerto de hambre y sed. Theresa metió el cadáver en una caja vieja y con ayuda de sus hijos llevó el cuerpo a las montañas, donde lo abandonó. Temerosa de que en el closet quedaran evidencias que la relacionaran con la muerte de Sheila, Theresa decidió prender fuego a su propia casa. Obligó a Terry a verter fluido de encendedores por todo el lugar y posteriormente incendiarlo con un cerillo. Los bomberos descubrieron que el siniestro fue deliberado. A partir de este momento, la familia se separaría.

Terry Knorr: la última hija con vida



El destino de Howard,  el mayor de  los hijos,  es  desconocido. William  se mudó  con su novia teniendo veinticuatro  años  y  Terry a pesar  de tener dieciséis,  utilizó la identificación  de su  hermana Sheila para  pasar como mayor de edad y conseguirse otra vida. Robert de diecinueve, permaneció con  su  madre, pero  esesperado  por  la  falta  de  dinero  robó  un bar  y asesinó  al  dueño  del  mismo,  por lo que más tarde  fue  encarcelado  y condenado a dieciséis años de prisión por asesinato en primer grado.

Después de nueve años a partir de la muerte de Sheila y once de la de Susan, Terry acudió a la policía a confesar toda la historia; ya estaba casada y su esposo la ayudó a sobrellevar el trauma, aunque siempre insistía en que todo lo que había presenciado la había marcado para siempre. Acusó a su madre de la muerte de sus hermanas. Gracias a esta declaración, Theresa Knorr fue atrapada y condenada a la pena de muerte, al declararse inocente de los cargos. Posteriormente se declaró culpable de todos los cargos a cambio de su vida; fue condenada a dos cadenas perpetuas. La sentencia de Robert fue reducida tras acceder a testificar en contra de su madre. William fue puesto en libertad bajo palabra por su participación en las muertes de sus hermanas y obligado a tomar terapia psiquiátrica.

Theresa Knorr podría ser elegida para libertad bajo palabra en el 2027, tiempo en el que tendría, si sobrevive, ochenta años de edad.








fuente: ensegundos.net

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