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lunes, 1 de septiembre de 2014

OPINION: Joaquín Balaguer ante la historia

   
EL AUTOR es un ex ministro de Relaciones Exteriores y dirigente del Partido Reformista Social Cristiano. Reside en Santo Domingo.

 
Joaquín Antonio Balaguer Ricardo.-

Desde temprana edad Joaquín Antonio Balaguer Ricardo comenzó a forjar su conciencia social y política. Vivió en la adolescencia el doloroso escarnio de la soberanía mancillada por la intervención norteamericana de 1916, provocada por los bochornosos empréstitos en nombre del Estado, asentados durante los gobiernos de Buenaventura Báez, así como por el bochornoso comportamiento de la clase política dominicana en las primeras décadas de nuestra vida republicana, de la que él nos ofrece un vivo retrato en su obra Los Carpinteros.

Sus escritos en favor del restablecimiento de la soberanía nacional y su activa participación en los movimientos cívicos para alcanzarla, constituyen, en cierta medida, sus primeros pasos en la movediza arena de la política nacional. Como una prueba fehaciente de su participación en este proceso nos queda su artículo "Mr. Hughes y el Plan de Esclavización", publicado en La Información el 27 de septiembre de 1923.
 
 Joaquín Balaguer, en dos momentos de su vida política.

Se involucró en el denominado “Movimiento Cívico del 23 de febrero de 1930” escribiendo su “Manifiesto al País”, que culminó con la renuncia del Presidente Horacio Vásquez y la designación del Licenciado Rafael Estrella Ureña como Secretario de Interior y Policía, Encargado, a ese título, del Poder Ejecutivo.

Con la juramentación de Trujillo, el 16 de agosto de 1930, se inicia el largo período de 31 años en el que se  conculcaron todas las libertades y se atenazó a la inmensa mayoría de las conciencias nacionales. Su participación en ese período de nuestra historia es bien conocida. Ocupó posiciones de relevancia, pero, a diferencia de muchos de los que participaron en ese proceso, su paso por el pantano no manchó su trayectoria. Como muy bien expresara el editorial de El Nacional del 14 de julio del año 2002, al comentar su fallecimiento:  “Ni una gota de la sangre que corrió durante 30 años de satrapía pudo manchar el manto político del doctor Balaguer, quien, sin abjurar del régimen, se refugió siempre en las letras y la diplomacia”.

Después de la muerte de Trujillo, con la maquinaria del régimen intacta, le correspondió al gobierno encabezado por él la obligación insoslayable, como él mismo expresara, de llevar a cabo una tarea de enorme significación: el restablecimiento de las libertades públicas y dar nuevamente vigencia en el territorio nacional a los derechos humanos.

Manejó con gran destreza esa delicada y difícil misión, alentando la transición política en ese delicado momento, así como las medidas pertinentes para la apertura democrática. Indudablemente, pues, además de poseer condiciones de excepción, ya había adquirido “la autoridad del sabio y del hombre de Estado”. Su condena fue el destierro, por las ambiciones y la intolerancia en 1962. 

Desde las frías latitudes del exilio, con el concurso de valiosos amigos, fundó el Partido Reformista, dando inicio a una vigorosa, pero siempre constructiva oposición contra los desmanes administrativos del gobierno de facto. En su obra “Entre la sangre del 30 de mayo y la del 24 de abril”, recopila partes de sus alocuciones y propuestas a la nación dominicana durante ese lapso.

Regresó al país en 1965, en medio de la guerra fratricida que tuvo lugar ese año, retorno provocado por la extrema gravedad de su madre. El Gobierno de Reconstrucción, que había autorizado a regañadientes su regreso, le concedió sólo un plazo de 24 horas para abandonar nuevamente el país, a lo que se negó rotundamente, respondiéndole al enviado que tendrían que utilizar la fuerza para materializar su salida.
Entonces inició una labor de proselitismo político que dio como resultado su postulación a la presidencia de la República por el citado Partido Reformista en las elecciones generales del año 1966, en la que resultó electo por el voto  abrumador de la mayoría de sus conciudadanos.

Desde el primer día de su gestión esbozó un plan de austeridad en el manejo de las finanzas públicas, en consonancia con la realidad política y social que afrontaba el país, al tiempo que tomaba medidas importantes como las leyes de Incentivo Industrial, el impulso de un agresivo plan destinado al fomento de nuestras exportaciones y la adopción de los  incentivos pertinentes para el fortalecimiento del aparato productivo nacional. Auspició, de igual manera, la creación de zonas francas e impulsó al entonces bisoño sector turístico. Desde el Poder Ejecutivo tuvo la correcta visión de que el sector privado es un socio indispensable en el desarrollo nacional y que el gobierno solo arbitra entre los diversos sectores que lo componen, teniendo siempre presente el interés general, sin asociarse con ningún sector en particular.

Desde el gobierno, sin tomar empréstitos, se inició un plan de construcción de obras de infraestructura sin precedentes entonces y sin muchos hoy.  La economía crece y se distribuye la riqueza. Las Leyes Agrarias permiten romper con el esquema colonial de la tenencia de tierras prevaleciente hasta el momento, situando al campesino como el centro de atención del Estado. Rompió esquemas con su proyecto de nación, como suelen hacerlo los verdaderos líderes.

Joaquín Balaguer construyó más caminos, carreteras, viviendas, presas, canales de riego, escuelas, instalaciones deportivas, calles, parques, avenidas, hospitales, acueductos, puertos y aeropuertos que todos los erigidos por las administraciones anteriores. Resultaría más fácil para cualquier persona interesada en la visión completa de todos sus logros en materia de infraestructura indagar cuáles no fueron edificadas por él, en los períodos que estuvo al frente de la dirección del Estado dominicano.

Esa extraordinaria obra de gobierno se realizó  teniendo como contraparte a una abierta y violenta oposición que parecía solo perseguir su derrocamiento; que propugnaba por asaltos y crímenes en nombre de un “sistema diferente”, aferrada a los esquemas de una ideología que no tuvo miramientos en provocarla inmolación de generaciones en su nombre, mediante el establecimiento de focos guerrilleros en las montañas primero y, a través de la guerrilla urbana posteriormente, como única forma de arrebatar, no de llegar al poder. La participación en las urnas así como la creencia en la democracia representativa como sistema de gobierno, simplemente no era una opción. 

Era la izquierda de esos ideales, hermosos y reales, como reales fueron su derrota y su fracaso, dramáticamente representado en la  caída del Muro de Berlín. Jorge Amado, uno de los más sólidos intelectuales que abrazara la causa comunista, señala con dramáticas palabras esa realidad: “Sé de hombres y mujeres, magníficas personas, que de repente se encuentran desamparados, vacíos, sumergidos en la duda, en la incertidumbre, en la soledad, perdidos, enloquecidos. Lo que los inspiró y condujo por la vida, el ideal de justicia y belleza por el cual tantos sufrieron persecuciones y violencia, exilio, cárcel, tortura y otros muchos fueron asesinados, se transformó en humo, en nada, en algo sin valor, apenas una mentira e ilusión, mísero engaño, ignominia”. 

A pesar, repetimos, de ese permanente estado de insurrección, el doctor Balaguer pudo entregarle a las futuras generaciones un país completamente diferente al recibido aquel remoto primero de Julio de 1966. Como muy bien lo afirmara en 1996 al entregar a las nuevas autoridades de la administración del Estado: “Hacemos entrega de un avión en la pista, con los motores encendidos, listo para el despegue”.

En los años finales de su prolongada existencia, con la extraordinaria experiencia acumulada en asuntos de estado, se convirtió en el referente para los asuntos nacionales hasta su sentida muerte, acaecida el 14 de julio del año 2002.

No es objeto de estas líneas hablar acerca de las administraciones que le han sucedido. Cada ciudadano podrá realizar las inevitables comparaciones históricas y hará su propia deducción de los hechos, lo que le permitirá arribar a sus personales conclusiones, sin excluir de sus apreciaciones al juicio infalible de la historia.

Por lo que sólo nos resta afirmar que su imperecedera obra de gobierno se yergue por encima de las pasiones y de los  vendavales que desata la incomprensión, esta última casi siempre unida a la ceguera que provoca el sectarismo dogmático. Creemos con absoluta certeza que su obra no necesita defensor alguno, pues, con el paso del tiempo, será el propio pueblo dominicano el que, serena y sabiamente, se encargará de restituir a la figura política del doctor Balaguer el lugar que le corresponde por derecho propio en el panteón sagrado de la historia política nacional, el de un grande entre los grandes dominicanos.






fuente: almomento.net

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